Acuérdense, que deben comentar el trozo por sí y también tener en cuenta el resto del libro cuando hacen su comentario...
Trozo para un comentario de texto de La gangrena
por Mercedes Salisachs
(Barcelona: Planeta, 1978); pág.18
1. Pero al regresar a la mía [casa], algo moría siempre dentro de mí. Eran
2. muertes pequeñas, casi imperceptibles, muertes que apenas dejaban huecos:
3. sin embargo, dolían. Sólo años más tarde comprendí que aquello que
4. parecían huecos, eran simas tremendas. Instintivamente buscaba paralelos
5. que nunca encontraba: allí, en la vivienda de los Moraldo, era el jardín de
6. tilos, con sus mecedoras de lona y sus mesas de mimbre; los salones
7. espaciosos con muebles firmados y tapices del XVI; la biblioteca salpicada de
8. incunables; la sala de estar con sus cuadros antiguos, sus porcelanas del
9. Retiro, y sus jarros de La Granja; los vestíbulos con sus estatuas romanas y
10. sus alfombras persas; el comedor con su cristalería francesa, sus platos
11. ingleses, y su cubertería jeroglífico…Y los jarrones de flores (siempre frescas,
12. siempre recién arrancadas de la tierra) y los butacones confortables y el reloj
13. sonoro…
14. En cambio, en mi casa era la portería estrecha, oliendo a moho y a
15. sardina frita con ajo (la portera se empañaba en guisar sardinas en el
16. pequeño fogón que se alzaba al fondo de la garita y que no tenía más tiraje de
17. humos que la propia puerta), la escalera de peldaños desiguales y torcidos,
18. con su baranda abrillantada por las manos de los inquilinos, y la bombilla de
19. los rellanos, empolvada y mosqueada, y el piso con su eterno y peculiar olor a
20. calle estrecha, y comidas apresuradas y a lejía; y el comedor, con su aparador
21. fin de siglo, ostentando, sobre la repisa, el queso (cubierto por una campana
22. de cristal) que el tío Roberto degustaba todas las mañanas para reponer
23. fuerzas y continuar sus visitas. Y el jarrón de vidrio tallado (ganado por mi
24. madre en una tómbola del Turó Park) sobre la mesa, con sus flores
25. artificiales de trapo (entonces no existía el plástico) imitando amapolas y
26. otras especies campestres… Y la caracola gigante sobre el velador (aquel que
27. un día mi madre encontró abandonado en una playa de la Costa Brava). Y mi
28. madre, tan distinta a la madre de Paco, besando mis mejillas con labios
29. húmedos (tenía el vicio de mordérselos), preguntándome curiosa cómo había
30. pasado la tarde y repitiéndome día tras día lo difícil que se estaba poniendo
31. todo, la miseria que dominaba el país y las continuas huelgas que estábamos
32. padeciendo.
33. Nada era igual. Nada, salvo la manía de mencionar los repetidos
34. desórdenes políticos. Al parecer, aquella obsesión abarcaba España entera.
Profesora:
ResponderEliminarEste es uno de los trozos (o parte de él) que había marcado a medida que voy leyendo la novela.
Esta novela me fascina tanto como las otras...
Yo también lo había marcado, pero en línea #22, en mi edición es tío Rodolfo ¿no?
ResponderEliminar