lunes, 13 de septiembre de 2010

El trozo de Nada para el segundo comentario

Estimados estudiantes,

he aquí un trozo de la novela Nada, de Carmen Laforet; es nuestro segundo y último comentario que escribiremos como clase. Creo que ya esta vez todos escribieron su comentario primero y entonces miraron los blogs de los demás y mis comentarios -- así lo deben hacer esta vez también.
Esta vez deben escribir un comentario completo con todas las partes. Si quieren que lea su comentario y les diga algo sobre él, tienen que entregarlo para las 20h el jueves (16.IX). Claro pueden también publicarlo más tarde y eso es mejor que no escribirlo -- ya saben: la práctica es el mejor maestro-- pero no creo que pueda leerlo en ese caso. Bueno, si tienen preguntas acerca de esto, pueden hacerlas en clase.
Cuando escriben su comentario pueden comentarlo incluyendo su conocimiento del resto del libro, sólo tengan cuidado de no caer en la trampa de contar mucho asunto en la sección del análisis...

Un trozo de Nada, por Carmen Laforet
(Barcelona: Destino, 2007)
págs. 24-25

La habitación con la luz del día había perdido su horror, pero no su desarreglo espantoso, su absoluto abandono. Los retratos de los abuelos colgaban torcidos y sin marco de una pared empapelada de oscuro con manchas de humedad, y un rayo de sol subía hasta ellos.
Me complací en pensar en que los dos estaban muertos hacía años. Me complací en pensar que nada tenía que ver la joven del velo de tul con la pequeña momia irreconocible que me había abierto la puerta. La verdad era, sin embargo, que ella vivía, aunque fuera lamentable, entre la cargazón de trastos inútiles que con el tiempo se habían ido acumulando en su casa.
Tres años hacía que, al morir el abuelo, la familia había decidido quedarse sólo con la mitad del piso. Las viejas chucherías y los muebles sobrantes fueron una verdadera avalancha, que los trabajadores encargados de tapiar la puerta de comunicación amontonaron sin método unos sobre otros. Y ya se quedó la casa en el desorden provisional que ellos dejaron.
Vi, sobre el sillón al que yo me había subido la noche antes, un gato despeluzado que lamía sus patas al sol. El bicho parecía ruinoso, como todo lo que le rodeaba. Me miró con sus grandes ojos al parecer dotados de individualidad propia; algo así como si fueran unos lentes verdes y brillantes colocados sobre el hociquillo y sobre los bigotes canosos. Él enarcó el lomo y se le marcó el espinazo en su flaquísimo cuerpo. No pude menos de pensar que tenía un singular aire de familia con los demás personajes de la casa; como ellos, presentaba un aspecto excéntrico y resultaba espiritualizado, como consumido por ayunos largos, por la falta de luz y quizá por las cavilaciones. Le sonreí y empecé a vestirme.
Al abrir la puerta de mi cuarto me encontré en el sombrío y cargado recibidor hacia el que convergían casi todas las habitaciones de la casa. Enfrente aparecía el comedor, con un balcón abierto al sol. Tropecé, en mi camino hacia allí, con un hueso, pelado seguramente por el perro. No había nadie en aquella habitación, a excepción de un loro que rumiaba cosas suyas, casi riendo. Yo siempre creí que aquel animal estaba loco. En los momentos menos oportunos chillaba de un modo espeluznante. Había una mesa grande con un azucarero vacío abandonado encima. Sobre una silla, un muñeco de goma desteñido.
Yo tenía hambre, pero no había nada comestible que no estuviera pintado en los abundantes bodegones que llenaban las paredes, y los estaba mirando, cuando me llamó la tía angustias.

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